La pandemia, ¿y después?

Estábamos viviendo en occidente en un mundo neoliberal, donde el individuo como ente, se había sustituido por la persona, por “mi mismo”. El centro de cualquier valor moral no residía en el individuo en sociedad sino en la persona, en el yo.

miércoles, 10 de febrero de 2021 | Rafael Bárcena Marugan
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Estábamos viviendo en occidente en un mundo neoliberal, donde el individuo como ente, se había sustituido por la persona, por “mi mismo”. El centro de cualquier valor moral no residía en el individuo en sociedad sino en la persona, en el yo. Vivíamos en un fuerte personalismo sin valores universales, sino personales. El centro de cualquier valor era subjetivo, relativo y personal. (“Dios ha muerto”) Era la sociedad del presente. No nos preocupaba el futuro, porque no existía y en la gran mayoría el pasado tampoco tenía importancia, por ya pasado. Si lo importante soy yo y el presente, mi fin fundamental es el placer, que es un valor presente, ni viene del pasado ni me sirve el futuro, lo disfruto ahora. El placer lo ofrecía el hiperconsumo, y por ser un placer transitorio solo conduce a más consumo. Habíamos dejado de creer en el progreso, como fin teleológico de la humanidad. No habrá un mundo mejor.

En nuestro mundo tan fragmentado en personas, la sociedad política tiene poco valor transformador, pierde fuerza para organizar la sociedad y a la persona solo le preocupa la GESTION del presente. Queremos gestores eficaces y obedientes de quien rija la sociedad. Y la sociedad está regida por el mercado. Pero el mercado no está creado para la justicia sino para la competitividad, para combatir, para perder o ganar (que haya ganadores o perdedores). El mercado manda absolutamente y determina el triunfo o el fracaso. Si triunfo valgo, si pierdo es que no valgo. No hay otros responsables. Nos parecía que nuestro éxito o nuestro fracaso solo dependía de nosotros.

El neoliberalismo nos ha traído a ser únicamente personas consumidoras, clientes, exageradamente individuales en busca de nuestro placer. Nos ha convencido a una gran mayoría de nuestra libertad para consumir lo que quisiéramos. Todos en función de nuestras posibilidades económicas, sociales o culturales somos consumidores Únicos.

Nos sentimos libres, pues podemos hacer “lo que deseamos”, por lo tanto para qué la rebeldía contra el poder ( somos rebeldes en nuestra “libertad” al margen de normas morales generales). La desigualdad no importa o cada vez menos. Si el mundo crece, algo me llegara, aunque los más ricos tengan mucho más y por lo tanto el poder. En este mundo tan individual, tan desigual, tan inseguro y con más riesgos, algunos buscan refugio en ideologías como los independentismos identitarios y xenófobos, las sectas, o se exacerban las sociedades ya religiosas, donde muchas personas encuentran en el grupo o la tribu la seguridad frente al riesgo y la soledad.

Y en estas llego la Pandemia. Universal, ni occidente ni de oriente, ni de izquierdas ni de derechas, ni de ricos ni de pobres aunque afecta a unos más que a otros, no tiene ética individual ni colectiva. La pandemia nos ha permitido ver la injusticia de la sociedad controlada exclusivamente por el mercado, que todo lo cuantifica en dinero. Hemos comprobado que todo es cuestión de riqueza y no de solidaridad o justicia. Se venden los medios para combatir la Covid19, y las vacunas a quien más paga por ese bien escaso y únicamente importan los beneficios obtenidos. La vida es un valor secundario. Nos ha permitido ver las deficiencias de esta sociedad de estados débiles frente al capital y el mercado, que cada vez ofrecen servicios y derechos sociales más escasos, que no les importa la desigualdad, sino que la agranda día a día. ¿Nos hemos dado cuenta de que solo el estado puede protegernos, pues las empresas y el mercado no lo harán nunca? Cuando la pandemia acabe (tarde o temprano pasará) ¿nos hará replantearnos el mundo, nuestra existencia, el tipo de sociedad? ¿Querremos volver a ser individuos de un mundo en que la sociedad crea y se autootorga una serie de valores y derechos universales? ¿Querremos volver a creer en la política como medio de trasformar la sociedad? ¿Querremos estados más fuertes que nos garanticen esos derechos sociales ahora en derribo? ¿Abandonaremos este escepticismo y relativismo moral actual? Como decía Bob Dylan, la respuesta está en el aire amigo.


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