De exiliados y demócratas

Las recientes declaraciones de Pablo Iglesias comparando la situación de Puigdemont con el exilio republicano no son solo un gran disparate. Son algo más grave: son un error político de gran envergadura, que crea dudas sobre el papel que quiere jugar Podemos.

domingo, 24 de enero de 2021 | Por Adolfo Piñedo Simal | https://adolfopinedosimal.wordpress.com/
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Las recientes declaraciones de Pablo Iglesias comparando la situación de Puigdemont con el exilio republicano no son solo un gran disparate. Son algo más grave: son un error político de gran envergadura, que crea dudas sobre el papel que quiere jugar Podemos.

La Guerra Civil ya es historia. Y la Historia nos cuenta que la ocupación de una localidad por el ejército franquista generalmente venía precedida por la huida de una parte de sus habitantes. La razón por la que esa gente huía era clara: a la ocupación militar le seguía el asesinato o la prisión de los identificados como republicanos, principalmente miembros de los partidos de izquierda, sindicalistas y milicianos. Había una razón militar para actuar así: no dejar enemigos en la retaguardia de las tropas que avanzaban, tal y como explicaron con franqueza algunos mandos militares a la prensa extranjera. Pero hubo otra razón política: erradicar las izquierdas del suelo español, exterminarla, borrarla del mapa para siempre era imprescindible para que naciera la España una, grande y libre. El franquismo perpetró un verdadero holocausto contra las izquierdas (y no solo actos terroristas) por razones militares y políticas.

Hacia el final de la guerra, muchos de los republicanos que huían, tuvieron que irse al extranjero. Se exiliaron para no correr la misma suerte que los que se quedaron: el pelotón, el campo de concentración o el penal. Huían de una dictadura militar que asumía las formas del fascismo, en auge entonces en Europa. Comparar la salida de España de Puigdemont, con la salida de los republicanos es banalizar la represión franquista, y blanquear el holocausto.

Que no ha habido represión contra el independentismo catalán, lo demuestra el hecho de que, con la excepción de miembros del Gobierno y algunos líderes sociales, la casi totalidad de diputados, alcaldes, concejales y cuadros del partido de Puigdemont han seguido con su actividad normal, sin mayores contratiempos. Han podido ser candidatos a las elecciones y, en su caso, elegidos. ¿Dónde está la represión del Estado? Solo algunos líderes independentistas han tenido que responder ante la Justicia por sus actos ( no por sus ideas) que eran un palmario quebrantamiento de la Ley, quebrantamiento que se produce tras ser advertidos de ilegalidad y en un juicio que ha contado con todas las garantías. Puigdemont ha huido para eludir la acción de la Justicia y evitar responder por el evidente quebrantamiento de las normas.

Pero, sobre todo, comparar el exilio republicano con la marcha de Puigdemont a Bruselas equivale a decir que España, la España actual, la España de la que se ha ido Puigdemont, es también una dictadura. Eso lo ha visto perfectamente Puigdemont que se ha agarrado a las declaraciones de Iglesias para argumentar que no puede ser entregado a la justicia española porque España no es un país democrático, tal y como se desprende de las declaraciones de nada menos que un vicepresidente del Gobierno de España.

La idea de que España no es una democracia no ha sido un lapsus ni una improvisación. Es algo que está en el ADN de Podemos y constituye uno de sus problemas estructurales. Ya en las asambleas de 15M se gritaba con fervor aquello de “lo llaman democracia y no lo es”. Los dirigentes de Podemos hablan del “Régimen de 78” para obviar la palabra democracia. Afirman que la Constitución del 78 es un candado que hay que hacer saltar. Y así sucesivamente. No importa que todo el mundo, todas las instancias internacionales, todos los gobiernos, los más prestigiosos institutos de investigación etc. aseguren que esto que tenemos en España se llama democracia y lo es. Una democracia que, además, según todos los parámetros con que los expertos miden la calidad de la misma, tiene una notable calificación. Es legítimo y positivo que, examinando la salud de nuestra democracia y comparando con otros países, se proponga introducir mejoras concretas que la haga mejor. Pero si la democracia que uno tiene en mente no existe en ningún país, quizás lo que haya que reformar sea la mentalidad. Porque lo que se hace es apoyar un fake, un relato alejado de la realidad, de los hechos. El fake más reciente es la Gran Mentira de Trump, asegurando que le han robado las elecciones (cosa que han creído como dogma de fe la mayoría de los electores republicanos), cuando la realidad es que las ha perdido y él es quien se ha aferrado al poder, recurriendo, incluso, a la violencia y la intimidación para permanecer en él. Puigdemont y los suyos han construido también un fake, una gran mentira: Cataluña debe irse de España porque España no es una democracia.  Este es el fake que apuntala Iglesias y lo que le hace a uno preguntarse a donde va y a qué juega Podemos.

Y si a lo que juega es al electoralismo ante las inminentes elecciones catalanas, dar la razón a Puigdemont es una buena manera de pedir el voto para su formación política y un flaco favor para la candidatura que apoya Podemos. Junts, el actual partido de Puigdemont, se presenta a estas elecciones anunciando que volverán a quebrantar la legalidad en cuanto se presente la ocasión. La estrategia de Junts, claramente enunciada por sus líderes, consiste en desestabilizar el Estado, como vía para imponer la independencia catalana. No hay que ser muy perspicaz para deducir que Junts y Puigdemont han escogido campo: el campo de los enemigos de la democracia española, un campo donde se ha instalado Vox desde su nacimiento. Baste con ver la reacción de Abascal ante el asalto al Capitolio en EE UU. Y el apoyo a los militares retirados, uno de los cuales pedía empezar a fusilar a 26 millones de hijos de puta. Por cierto, este sí que ha entendido bien el papel político del holocausto español.

De pronto, en los primeros días de enero, en Estados Unidos, hemos descubierto que la democracia es frágil. Incluso en un país que a lo largo de su historia no ha conocido la dictadura, que es la primera potencia del mundo, la democracia no se puede dar por garantizada. Hay que trabajar por ella todos los días, luchando contra sus enemigos y buscando apoyos, ganando aliados. Y reformándola para hacer más justa, mas fuerte. Pero lo primero que hay que hacer es percatarse de que la democracia tiene enemigos y hay que saber distinguir al amigo del enemigo. Para que la democracia prevalezca.


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