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Seguimos en pie

El PSOE ha estado detrás de las grandes transformaciones que ha vivido España. Ni el virus ni la derecha nos han impedido ganar más espacios de libertad y fortalecer nuestra democracia.

El Socialista | domingo, 03 de enero de 2021
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José Luis Ábalos, secretario de organización del PSOE y ministro de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana

Tribuna de José Luis Ábalos Meco, secretario de organización del PSOE y ministro de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana

Hay acontecimientos tan trascendentales que nunca se olvidan y que cuando se rememoran te devuelven al momento exacto en el que los presenciamos o los conocimos. Recordamos perfectamente lo que hacíamos en ese instante, con quién estábamos y cuáles fueron nuestras primeras reacciones. El 2020 ha sido un cúmulo de estos sucesos que no podremos arrancar de nuestra memoria por mucho que lo intentemos, un año que nos marcará para siempre y cuya huella nos acompañará el resto de nuestras vidas.

Los socialistas arrancábamos el 2020 con una ilusión renovada. Estrenábamos un Gobierno de coalición que estaba llamado –y lo sigue estando- a construir un futuro mejor para nuestro país, a sanar lo que otros habían roto social y territorialmente y a demostrar que se puede avanzar sin dejar a nadie varado en los márgenes del proyecto común. Nos propusimos, además, como dijo el presidente Pedro Sánchez en su discurso de investidura, despejar el clima tóxico que la derecha había generado en los meses anteriores.

He de reconocer que pecamos de ingenuos. La derecha cree que el poder le pertenece por designio divino y le cuesta acatar la voluntad popular expresada en las urnas. Tal es así, que todavía hoy no ha terminado de aceptar el resultado electoral ni deja de lanzar mensajes de odio para avivar la crispación. Ha fracasado en su intento de deslegitimar las instituciones y de alterar la convivencia, pero lo ha intentado con saña. Ni en un momento tan terrible como la emergencia sanitaria de la Covid 19 han sido capaces sus dirigentes de ponerse al servicio del país y dejar de lado sus espurios intereses. Los que se llamaban a sí mismos salvadores de la patria han sido los mayores antipatriotas.

La pandemia lo cambió todo. Todos los días hemos sentido el estremecimiento de las cifras, las terribles punzadas por cada una de las víctimas que nos siguen partiendo el corazón en mil pedazos y no dejan de ponernos nudos en la garganta. Hemos sido conscientes de los sacrificios inmensos de una sociedad que ha soportado con entereza las tragedias, las ausencias y las renuncias. Si el carácter de los pueblos se mide en las desgracias, el nuestro ha demostrado por qué merece la pena ser su humilde representante.

Gracias a este maldito virus apreciamos que la grandeza de cualquier Estado reside en aquellas personas que levantan cada día sus persianas, en los sanitarios a los que aplaudimos cada tarde durante el confinamiento, en los profesores que han velado a distancia por la educación de nuestros hijos, en aquellos que han producido y distribuido bienes y servicios esenciales, desde el pan a las mascarillas, en los policías, militares, bomberos y miembros de protección civil que nos han permitido vadear esta inimaginable distopía. Nunca podremos expresarles todo el reconocimiento que merecen.

El Estado, al que de manera miope algunos denostaban, se ha demostrado imprescindible para parar un golpe devastador, y se ha puesto en valor la auténtica dimensión de lo público y lo nefasto de esos salvajes recortes propiciados por una austeridad mal entendida, que consideraba un gasto superfluo apostar por la Sanidad, la Educación o la Ciencia.

El virus nos ha enseñado que se pueden afrontar las crisis sin sadismo, que se puede intentar salir de ellas de la mano y aprovechar la oportunidad para sentar las bases de un nuevo modelo más justo y sostenible. Así lo entendió el Gobierno, que ha movilizado una ingente cantidad de recursos para atender a los más vulnerables y paliar los devastadores efectos económicos del confinamiento y de las restricciones de movilidad.

Quisimos preservar el empleo con los ERTE, facilitar con avales del ICO la liquidez de las empresas, proporcionar prestaciones a los autónomos obligados a cesar en su actividad, procurar un ingreso mínimo a los más desfavorecidos e impedir que las adversidades dejaran sin hogar a las familias más necesitadas. Nuestra voluntad es mantener esta red de seguridad el tiempo necesario, ni un minuto menos, porque evitar que nadie quede atrás no es un despilfarro sino una inversión en igualdad y cohesión social.

Así lo ha entendido también Europa, que ya en marzo suprimió las reglas fiscales para que los Estados pudieran gastar y endeudarse y que estableció inéditos mecanismos de ayuda a los Estados, entre los que destaca el Fondo de Recuperación de 750.000 millones -de los que 140.000 corresponden a España-, con el que cimentaremos la recuperación y las transformaciones inaplazables de nuestra economía. Europa, justo es proclamarlo, ha estado a la altura de sus ideales fundacionales.

Era urgente contar con unos nuevos Presupuestos anticíclicos para abordar los enormes desafíos que tenemos por delante. Para ello, convocamos a todos sin excepción, sin expulsar a nadie de los consensos, sin más líneas rojas que las que la Constitución y las leyes pudieran imponer, porque la emergencia lo requería. Y hemos logrado aprobarlos con una mayoría insólita de la que la derecha se ha apartado, dando una vez más la espalda a ese país que tanto dice amar.

España no les importa. No le importaba a esa ultraderecha trumpista cuando presentó una moción de censura en el que los censurados eran, en realidad, sus primos hermanos del PP, o cuando alentaban proclamas golpistas y extendían bulos para desestabilizar a las instituciones. Ni le ha importado nunca a Pablo Casado, volcado en una insensata conspiración contra los intereses de España, hasta el punto de pisotear la reputación de nuestra democracia para impedir que los fondos europeos llegaran a su destino con toda suerte de maniobras en Bruselas. A quien se niega a cumplir su obligación de renovar la composición de órganos constitucionales vitales en democracia, como el CGPJ, el Tribunal Constitucional o el Defensor del Pueblo, solo le importa su ombligo.

Han sido doce meses durísimos, pero nunca hemos perdido de vista que salud y economía no constituían disyuntiva alguna porque sin salud no hay economía posible. Hemos tomado decisiones muy difíciles a lo largo de los sucesivos estados de alarma, dentro de una estrategia nacional basada en la cogobernanza propia de un Estado descentralizado como el nuestro. La coordinación y la cooperación entre administraciones no han sido nunca anarquía ni dejación de responsabilidades.

El PSOE ha estado detrás de las grandes transformaciones que ha vivido España. Ni el virus ni la derecha nos ha impedido ganar más espacios de libertad y fortalecer nuestra democracia. Hemos sacado adelante una ley de Educación que, sin exclusiones ni dogmatismos, buscará la equidad y la excelencia para modernizar la enseñanza. Y tendremos por primera vez una ley que regule la eutanasia, porque el individuo ha de tener el derecho a dimitir de la existencia cuando su sufrimiento es inhumano. Nadie nos ha forzado nunca a ser como somos, ni a pensar como pensamos. Nuestra defensa de los más vulnerables tiene 141 años de historia. Nosotros somos cabezones centenarios.

Empezamos el año con ilusión y lo terminamos con esperanza, con el convencimiento de que las vacunas que ya se han empezado a dispensar serán el principio del fin de esta pesadilla. Tenemos inmensos retos por delante. Trabajaremos para conseguir un reparto equitativo de la riqueza y cerrar los abismos de desigualdad que todavía existen, para articular unas relaciones laborales más justas, para asegurar pensiones dignas dentro de un sistema de Seguridad Social fuerte y estable, para hacer efectivo el derecho a la vivienda y para transitar hacia la economía sostenible que exige una España verde, digital y cohesionada. Lo haremos con inteligencia, sin exigencias de inmediatez que pudieran resultar contraproducentes e hipotequen el futuro. Seguimos en pie para seguir caminando.



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