Manuel Azaña. Un retrato íntimo (III)

La figura de D. Manuel Azaña llenó muchas crónicas de prensa de la época, incluso en las postrimerías de la Guerra civil. Cabe detenerse en algunos detalles de sus últimos años.

13/12/20 | Pedro Liébana Collado
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En esta última parte quiero evocar su final.
La figura de D. Manuel Azaña llenó muchas crónicas de prensa de la época, incluso en las postrimerías de la Guerra civil. Cabe detenerse en algunos detalles de sus últimos años.

El resultado electoral de Febrero de 1936 lo catapulta al cargo de Presidente de la República, no solo Indalecio Prieto y los socialistas, sino el arco parlamentario de izquierdas salido de dichas elecciones, le ven con el poso necesario para ocupar el puesto. Republicanos y socialistas lo ven como un activo después del bienio negro. Son los dos grupos que participaron en el bienio progresista y llamados a encabezar el nuevo gobierno.

Azaña antes de tomar posesión acuerda con la Comisión Delegada de las Cortes, y con el gobierno provisional saliente y en funciones, la adopción de una amnistía de los presos políticos resultantes de la Revolución de Octubre del 34. Prefiere convencer al gobierno saliente, a que la adopción de esta medida se produzca con el gobierno entrante. El propósito es no involucrar políticamente al gobierno pendiente de tomar posesión  con este encargo tan espinoso.

Azaña es proclamado Presidente de la República  en Mayo, y después de muchas dudas sobre si encargar a Prieto formar gobierno, decide antes de agotar esa opción, buscar en las personalidades de los partidos republicanos el primer ministro. Por ello encarga a su amigo Casares Quiroga la tarea de formar gobierno. Mucho se ha criticado a posteriori esta decisión porque en ese momento, Casares Quiroga, que ya fue ministro  de Gobernación en el primer bienio republicano, tuvo dificultades para acabar su mandato. Durante el mismo tuvo que enfrentarse al caso “Casas Viejas” y en el momento de asumir esa nueva responsabilidad no se encontraba en su mejor momento. Aquel fue un áspero suceso de orden público con varias muertes en el campo andaluz a cargo de las fuerzas de seguridad que dreno muchos apoyos al campo republicano.

En esos momentos, cuando Casares Quiroga acepta el encargo de su amigo, se encuentra ya delicado de salud, deprimido y sin el ímpetu necesario como para hacer frente a lo que se le viene encima. Es ya un clamor la impaciencia de las izquierdas para abordar los problemas pendientes y el momento no admitía demoras.

No obstante lo anterior, Casares Quiroga acepta el compromiso con Azaña. Apenas le da tiempo a tomar posesión, cuando se encuentra de bruces con el golpe de Estado. Ante las dificultades para atajar la sublevación de parte del Ejército en Julio de ese año 36, se ve obligado a dimitir. Sus gestiones son poco provechosas para enderezar la situación.

Le sucede como Presidente de Gobierno el Sr. Giral, empeño que dura unos días. El siguiente encargo de Azaña es proponer a Largo Caballero del PSOE, en Agosto de ese año, la formación de un tercer gobierno, en medio de una crisis que ya es imparable.
Largo Caballero compone un consejo de ministro en donde están presentes todas las sensibilidades y todos los apoyos posibles, tanto de las fuerzas sindicales, como de las políticas de apoyo a la causa republicana, incluido los anarquistas. A las pocas semanas, dado el estado de los frentes, decide evacuar el Gobierno republicano de Madrid a Valencia.

Azaña está convencido que a medida que pasan los meses los acontecimientos militares, y la labor del empeño de su gobierno en resistir, se va decantando lentamente el destino de la República.

Azaña percibe que la guerra no puede ganarse. Deciden ese veredicto el contexto internacional. El apoyo de las potencias del Eje a los sublevados, y la política de No Intervención de las potencias aliadas en relación con la República española, son decisivos.

Después de los sucesos de la Telefónica de Barcelona en Mayo del 37, y la marcha de los frentes, precipitan la caída de Largo Caballero. Azaña decide  el encargo de un nuevo Gobierno a Juan Negrín, con el objetivo de dar un impulso, quizá el último, de cierta envergadura, al bando republicano. El nuevo Primer Ministro logra conformar un ejército más profesional, con recursos limitados, pero dispuesto a resistir.

Azaña y Negrín se entienden mejor, la formación intelectual de Negrín hace que ambos se sientan más equilibrados en sus relaciones, con el aliciente que con D. Juan Negrín se encuentra dotado de una personalidad fuerte y correosa, dispuesto a afrontar el desafío de un encargo ya casi imposible con todo lo necesario para intentar aguantar militarmente.

El objetivo de Negrín junto con los mandos militares es aguantar  hasta que los acontecimientos internacionales faciliten una resolución del conflicto, o por el contrario, la entrada en guerra de las fuerzas aliadas, eleve el conflicto español a otras dimensiones.

El pacto de 1938 entre la Alemania nazi y la URSS, contemplada con impavidez y pasividad  de nuevo por Francia y Gran Bretaña acabó por lastrar la capacidad de resistencia en el plano internacional de la República española.

Poco se podía hacer y Azaña hundido el frente de Cataluña, marcha al exilio en un periplo que supone pasando por Figueras, cruzar la frontera y buscar acomodo en la embajada de España en Paris. La obsesión de Azaña a partir de ese momento es dimitir de su cargo. La de Negrín es resistir a toda costa aunque el panorama internacional no ayuda en absoluto. Recabado por Azaña el diagnóstico de los mandos militares republicanos, el propósito suyo es buscar la justificación para hacerlo.

Habiendo recibido solo el Informe del General Rojo que es negativo a la marcha del conflicto militar, reúne a los miembros de las Cortes españolas presentes en el Exilio y a D. Diego Martínez Barrio, su presidente, y con ellos al corriente decide presentar su dimisión.
Los acontecimientos se precipitan cuando Alemania invade Polonia el 1 de Septiembre de 1939 y ello determina el incumplimiento adoptado por los aliados de que esa era la última línea roja adoptada sobre sus acuerdos diplomáticos y políticos para intervenir en la guerra.

A partir de ese momento, se produce un empeoramiento  ostensible de la precaria salud de D. Manuel Azaña. Acompañado por su mujer, Lola, deciden viajar primero a la Alta Saboya y luego a Burdeos alojándose en pueblo próximo a esa importante ciudad francesa.

Visto que los acontecimientos militares y bombardeos alemanes buscan ya el sur de Francia deciden dirigirse a Montauban, donde buscan, con pocos recursos, acomodo en un modesto Hotel de esa villa.

Algunos amigos lo acompañan, entre otros se encuentran el general Juan Hernández Sarabia, militar de confianza, ayudante suyo desde 1931, y otro acompañante asiduo, es un pintor amigo desde su vida en el Ateneo madrileño, Francisco Galicia. Le acompaña también Felipe Gómez Pallete su médico de confianza.

El suicidio de éste deja a D. Manuel Azaña y a Lola en una situación desesperada ante la cardiopatía entre otros achaques que padece el Presidente. La pérdida de esta vida, de este insigne médico por la presión de la Gestapo, precipita los acontecimientos políticos y de seguridad del presidente de la República. Otro hecho desafortunado completa la situación, su cuñado Rivas Cherif es detenido en España y condenado a muerte. Aunque finalmente no es fusilado, y su pena es conmutada por prisión, el golpe es muy duro.

La embajada mexicana en Vichy bajo el gobierno de Lázaro Cárdenas, decide tomar cartas en el asunto y envía al hotel de  Montauban donde reside, un grupo de vigilancia y seguridad para que Azaña no sea secuestrado, o asesinado por la policía política franquista,  extremo que empezó a tomar cuerpo.

Cuando Felipe Galicia lo visita en el hotel una mañana lo encuentra ya muy desmejorado, incluso hablando en francés e inglés, solo, desvariando por un pasillo.

Al poco tiempo se produjo el fatal desenlace finalmente por un paro cardíaco. Los amigos tienen que consolar a Lola, ante este final casi esperado, que a todos se le antoja irremediablemente.

En la ceremonia fúnebre, las autoridades francesas no admiten  acto público alguno, ni envían representación oficial de ningún tipo, ni siquiera le dejan que lleve sobre el féretro la bandera republicana. Tan solo las autoridades mexicanas deciden poner sobre el ataúd la enseña de su país y con ella es enterrado en un nicho de manera provisional, acompañado de unos pocos amigos.

Al cabo de un tiempo, Hernández Saravia convoca a Felipe Galicia, para determinar el lugar de la tumba donde actualmente yace en dicha localidad.

Aún en la despedida, después de la ceremonia, Lola, la viuda ofrece al pintor los trajes y la ropa de su marido. Fue Felipe Galicia el que hizo de modelo en la elección y tamaño del féretro y fue el receptor finalmente de sus últimos recursos materiales, singularmente sus trajes.

En contra de los pesimistas pensamientos del propio Azaña sobre su memoria y su obra, se continúa visitando su tumba por muchos viajeros. Lo han hecho españoles del exilio y del interior, de antes y de ahora, siempre respeto a él y a su memoria. Cabe preguntarse por qué tantos prohombres de este país acaban muriendo fuera de su patria.
Valencia, Diciembre 2020
Pedro Liébana Collado


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