Manuel Azaña. Un retrato íntimo (II)

El rostro de D. Manuel Azaña era severo en la toma de posesión a partir del 14 de Octubre. Su discurso se inicio con semblante nada regocijante, dado que el momento también complicaba las cosas a la mayoría de gobierno.

07/12/20 | Pedro Liébana Collado
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La figura de D. Manuel Azaña llenó muchas crónicas de los periodistas de la época. Su carácter adusto e introspectivo en muchos casos y su escaso interés a ser entrevistado acabó por dar una imagen de hombre antipático que sus detractores explotaban junto con su escaso agraciado rostro. Por el contrario, con los íntimos y cuando se relajaba, era frecuente encontrar en él una sonrisa y un humor no exento de ironía.

Como consecuencia de la improvisada incorporación a la tarea de gobierno emprendida por los miembros del comité republicano que se hizo cargo del gobierno en Abril de 1931, se determinó que todos ellos veranearan en las proximidades de Madrid para hacer frente a las innumerables tareas que tuvieron que acometer, ello les llevó a pasar el primer estío en algunos pueblos de la sierra de Madrid como El Escorial o Cercedilla.

D. Manuel Azaña siendo ya ministro de la Guerra, escogió EL Escorial, al que le unía su educación y su pasado como interno en un colegio de frailes. En uno de los domingos de ese verano, el director del periódico “Estampa” Vicente Sánchez Ocaña encargó a Josefina Carabias, ya periodista de dicho órgano, la visita a las villas de veraneo donde los ministros descansaban. En una de esos días de descanso, encontró a D. Manuel con su esposa, dos años después de su boda, desayunando.

Molesto D. Manuel hizo caso omiso de su presencia y siguió la conversación con su interlocutora. La periodista acabó por interrumpirles para hacer patente su deseo de una entrevista. Después de un gesto de contrariedad de D. Manuel, insistió la periodista en su objetivo, recordándole para identificarse, los agradables momentos pasados en el Ateneo de la cual era socia. Le costó unos segundos a D. Manuel cambiar su gesto de rechazo para pedirle a la periodista que les acompañara mientras el fotógrafo sacaba unas instantáneas.

Una vez salvado el momento D. Manuel recuperó el viejo pulso ateneísta para mostrar su rostro amable departiendo con la corresponsal los momentos de actualidad sin grandes reservas. Le manifestó haber visitado ese domingo el viejo centro de enseñanza, a los frailes que lo ocupaban y que lo conocían, admirando con su esposa las dependencias del colegio y sus vistas, entre ellas, donde el prior ocupaba la mejor celda y dejando caer su deseo de veranear alguna vez en lo recoleto de habitáculo.

La visita a D. Francisco Largo Caballero, en El Escorial en una casa alquilada y modesta, cedida por la familia de Pablo Iglesias, resulto desde el primer momento amable y la conversación sincera y confiada. D. Francisco, ministro de Trabajo, con fama de duro y con aquellos ojos acerados que tenía, resultó ser un afable contertulio desde el primer momento. Poco dejó sobre el tintero en su conversación con su interpelante.

Dos caracteres diferentes ante la prensa y desde luego, la crónica sobre los frailes acabó por no ser recogida en su totalidad por el  periódico.

Los azañístas y azañófobos fueron una constante en el hemiciclo de la Carrera de S. Jerónimo. No coincidían en su totalidad entre izquierdas y derechas Unos lo consideraban antipático, incluso alguno de izquierdas, siendo para otros, demasiado autoritario, despectivo y cortante, y sobretodo ambicioso. Siempre se le oía decir que el solo hablaba por la Gaceta, refiriéndose a los órganos oficiales.

Algunos le atribuían incluso darse a la intriga, cosa que rechazaban los más porque no era un hombre dado a bajar a esos niveles, al ser demasiado orgulloso. Es cierto que se negaba a contemporizar y fingir, pero esa sinceridad a veces acababa en el interlocutor por producir un cierto desasosiego cuando no por un abierta incomodidad. Su ascensión a presidente de Gobierno en nada tuvo que ver con intriga ni conspiración alguna.

D. Manuel Azaña sabía que acabaría por caer el cargo como fruta madura, pero no imaginó que la cosa le llegaría tan pronto, es decir a los 6 meses justo de iniciarse el camino de la Republica. La aprobación del artículo 26 de la Constitución Republicana determinó la dimisión de D. Niceto Alcalá Zamora al ser según éste incompatible con sus convicciones religiosas.

Sustancialmente la enmienda introducida en el texto inicial a propuesta de los socialistas, recogía la supresión de las órdenes religiosas. Quedó después del discurso de Azaña modificada y ceñida a determinados supuestos, entre ellos a fijar un plazo de 2 años para la supresión del impuesto de culto y clero, y a someterse a una ley especial que matizara el alcance y los detalles.

Convencer a los socialistas que retiraran su propuesta fue un trabajo ímprobo que supuso una exposición profunda de D. Manuel Azaña, que desde la tribuna, desgranó un discurso de largo alcance, haciendo reflexionar a la Cámara, sobre los aportes de la órdenes religiosas en la historia de España, de las relaciones entre ambos, y en suma, la dificultad de asumir esa propuesta e incluso de ejecutarla. Aunque en ella se vertieron referencias a “que España había dejado de ser católica” frase que luego quedó entresacada para la historia y que motivó una constante controversia, el discurso caló en el grupo parlamentario socialista que circunscribió su propuesta a la redacción definitiva de acotarla en su alcance.

El revuelo de la propuesta y el debate dio pié a que Valle Inclán en su tertulia de la “Granja del Henar” calificara el asunto como una estocada a D. Niceto Alcalá Zamora y probablemente a D. Miguel Maura, ambos de convicciones católicas, a los que este tema les iba a ser de difícil digestión.

En efecto, D. Niceto dimitió y con él, D. Miguel Maura. Resultado de lo anterior, D. Manuel Azaña fue investido jefe de Gobierno con la votación favorable de la mayoría del pleno de las Cortes españolas.

El rostro de D. Manuel Azaña era severo en la toma de posesión a partir del 14 de Octubre. Su discurso se inicio con semblante nada regocijante, dado que el momento también complicaba las cosas a la mayoría de gobierno.

A medida que la exposición fue creciendo se notó más suelto acabando por alcanzar el aplauso unánime y el reconocimiento de los grupos parlamentarios afines de la Cámara, siendo aplaudido al final del mismo, acabando por recibir los parabienes de numerosos parlamentarios, tanto en el hemiciclo, como en los pasillos del Congreso, abriéndose con ello una nueva etapa en el primer bienio progresista.


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