ABURRIDOS DE LA DEMOCRACIA

La gran pregunta respecto a las recientes elecciones en los Estados Unidos es la siguiente: ¿cómo...

25/10/20 | Por Rafael Simancas | https://fundacionsistema.com
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La gran pregunta respecto a las recientes elecciones en los Estados Unidos es la siguiente: ¿cómo ha podido obtener cerca de 70 millones de votos un personaje como Donald Trump en la primera democracia del mundo?

¿Qué razones han llevado al 47% de los electores de la primera potencia mundial a votar por alguien que tiene a gala romper todas las reglas de la democracia, y que abjura cada día de los valores que creíamos identificados con el progreso de la Humanidad?

La pregunta puede aplicarse a lo que está sucediendo también en otros países respecto a referentes políticos con perfiles similares. Aquí mismo, en España, una formación que reivindica abiertamente los gobiernos de la dictadura franquista ha obtenido recientemente 52 diputados. Y la presidenta de una de las comunidades más pobladas, Madrid, parece haber adoptado ese tipo de actitudes de forma deliberada.

Se trata de personajes aparentemente estrambóticos, que actúan con supuesta "naturalidad", sin una estrategia política clara, y al margen de las ideologías, según ellos mismos. La realidad, sin embargo, es bien distinta. Saben lo que hacen, buscan una identidad diferenciada respecto a los perfiles políticos comunes, persiguen el poder político aparentando despreciar la política, y promueven ideologías autoritarias perfectamente definidas.

La cuestión es ¿por qué obtienen tantos apoyos? ¿Por qué millones de ciudadanos que disfrutan de un régimen de derechos y libertades, perfectible aunque loable, respaldan a personajes que constituyen claramente un riesgo para la vigencia de tales derechos y libertades?

El politólogo británico Bernard Crick defendía que "uno de los mayores riesgos que corren los hombres libres es aburrirse del sistema que les proporciona su libertad". ¿Hay aburrimiento de la democracia?

Ciertamente, las democracias vigentes en los llamamos países avanzados, como los Estados Unidos o como España, evidencian serias limitaciones y defectos, que dan lugar a la impaciencia, la insatisfacción, incluso la denuncia, la animadversión y la rabia de colectivos crecientes.

Una de las realidades que más repulsa provoca en nuestras democracias es la de la desigualdad. Las noticias cotidianas que contrastan la acumulación de riqueza y privilegios en unos pocos, mientras la mayoría sufre necesidades y privaciones, constituyen un baldón claro para el crédito y el respaldo social al sistema democrático.

Las formas en las que se desenvuelve la práctica política partidaria también causa frustración y desafección. Contemplar las peleas constantes y aparentemente estériles entre quienes están llamados a representar a la ciudadanía para buscar soluciones, alimenta el desapego y el rechazo a la política democrática.

El libre albedrío de los mercados y las limitaciones en las políticas públicas están profundizando divorcios gravemente peligrosos en nuestras sociedades. La brecha entre los incluidos y los excluidos es la más importante, porque agranda día a día las diferencias entre los que disfrutan de un empleo estable y unos ingresos regulares, de aquellos que malviven en la precariedad y la vulnerabilidad permanentes.

Pero hay otras brechas. Se profundiza, desde luego, la brecha entre jóvenes y mayores, porque los primeros ven cegados buena parte de los caminos que recorrieron sus padres para emprender proyectos vitales autónomos y dignos.

Y en los Estados Unidos se han puesto en evidencia, una vez más, las grandes diferencias de recursos, de formas de vida y de convicciones ideológicas, entre los habitantes de las ciudades y los habitantes del campo. También ocurre en España, entre los urbanitas y los supervivientes de lo que se ha dado en mal llamar la España vaciada.

Las elecciones norteamericanas han puesto en evidencia hasta qué punto vivimos realidades paralelas aún habitando un mismo territorio. A juzgar por lo que veníamos viendo y escuchando los defensores del sistema democrático, en la gran mayoría de medios de comunicación y en los cenáculos y tertulias más tradicionales, Trump no tendría ninguna oportunidad de repetir presidencia y el triunfo de Biden estaba cantado.

Sin embargo, el resultado electoral evidencia que casi la mitad de la población estadounidense vivía otra realidad, una realidad diametralmente distinta, de la que no obtenía reflejo y en la que no hacían mella esos medios tradicionales de comunicación, debate y entendimiento. Tampoco las encuestas.

El mundo de las redes sociales pareció llegar para sumar posibilidades de obtener información y para multiplicar las oportunidades a favor del diálogo y el acuerdo entre diferentes. No obstante, ha ocurrido exactamente lo contrario. Las redes sociales han consolidado las burbujas de pensamiento y de comunicación, de tal modo que la gran mayoría de nosotros tan solo hablamos y escuchamos ya en un entorno muy limitado y sin contacto con entornos que piensan y actúan de manera diversa.

La insatisfacción por las limitaciones y defectos de la democracia no es un fenómeno nuevo. Se vivió en los años 20 y 30 del pasado siglo en Europa. La historia nos muestra el resultado: el triunfo de los autoritarismos.

Cabe la pedagogía democrática, desde luego. Cabe advertir que la democracia es compleja, que no hay soluciones fáciles para problemas difíciles, y que la gran mayoría de los que prometen sencillez y simpleza en escenarios complicados suelen ser farsantes peligrosos.

Cabe alegar que la alternativa a la mala política no es la anti-política o la no-política, sino la buena política. Porque la política es la organización del espacio público compartido, y política se hace siempre. Eso sí, puede hacerse contando con la voluntad de la mayoría, desde los valores de la mayoría y a favor de los intereses de la mayoría. Y también puede hacerse de otras maneras.

Y cabe alegar que frente al aburrimiento de lo políticamente correcto podemos caer en el entretenimiento de lo políticamente incorrecto, más emocionante quizás, pero más arriesgado, sin duda, para la vigencia de nuestros derechos y libertades.

Cabe todo esto. Pero el camino más claro y directo para recuperar crédito y prestigio en los sistemas democráticos es el de afrontar con decisión y rigor los problemas de fondo, que son los problemas de la desigualdad.

Para salvar la democracia hay que invertir en igualdad y en justicia social.

Lo demás son paliativos de gurú.

 

Fotografía: Carmen Barrios

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