Por José Sanromá Aldea | martes, 01 de septiembre de 2020

¿Puede Vox ganar la moción de censura?

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Entrelazamiento de la moción con los PGE

Vox no ganará la votación. Su candidato no sustituirá en la presidencia a Sánchez, pero sí podría lograr el objetivo que ha proclamado para la misma: la convocatoria inmediata de nuevas elecciones. Esa posibilidad deriva del entrelazamiento entre la moción de censura y la aprobación o rechazo de los PGE.

Comparten sus debates un fondo esencial común: el examen de la respuesta del Gobierno a la realidad impuesta por el covid y sus estragos. Sobre esta ha seguido pivotando la política hasta entrelazar esos debates. Ambos materializan, ante el próximo otoño, la disyuntiva estratégica entre acabar con el Gobierno o pactar la gobernabilidad. El parámetro de la actitud de cada partido ante esa disyuntiva será su discurso y su voto ante la moción y ante los PGE. Y no podrán evitar que se desvele su opción.

Para Vox, adalid de la moción, la respuesta del Gobierno ha sido, más que calamitosa, criminal; el presidente y sus ministros son responsables de la pérdida de vidas, haciendas y libertades; deberían haber dimitido en bloque y quedar a disposición de los tribunales de justicia. Así lo proclamaron en los debates sobre el estado de alarma; y ahora Vox alza la bandera de su denuncia en la forma que se lo permite la Constitución y el número de sus escaños en el Congreso: presentando una moción de censura. Mejor es esto que cacerolear en las calles y echar trolas en las redes.

Sabemos que Abascal, si es él quien finalmente le pone cara a esa moción de censura, no se sentirá obligado a presentar un programa de gobierno para hacer frente a la realidad derivada del covid. Ficcionará que el Gobierno pretende acabar con la monarquía y el régimen constitucional del 78; para lo cual tomará —como contrapunto que valida la ficción— esa opción republicana, hoy recrecida, a cuenta de las andanzas del rey que abdicó en 2014. A expensas de tal especulación seguirá con su cantinela de la ilegitimidad, de origen y de ejercicio, de Sánchez y de su Gobierno. Explotará a su favor la crisis institucional y de gobernabilidad, sobre el terreno abonado de la gravedad de la multicrisis que padecemos. Apostará por una implosión del descontento, denunciando el egoísmo y la incompetencia de los políticos, incapaces de llegar a acuerdos imprescindibles. Y, puesto que Vox es declarado enemigo del Estado autonómico, dirigirá su indignación contra el Gobierno de España; contra todos los gobiernos autonómicos y contra todos los políticos, dado que Vox ha sido el último partido en llegar al Congreso y aún no ha formado parte de ningún Gobierno, ni siquiera autonómico.

Es obvio que para todo eso no necesita presentar un programa, aunque esto resulte exigible constitucionalmente en una moción de censura; ya se cubrió las espaldas al declarar que lo esencial de su iniciativa consiste en que el presidente que surgiera de esa moción no haría otra cosa que convocar elecciones. Sabemos, y tanto Abascal como el que más, que eso no tendrá lugar. Dicho de otra forma: que si hay convocatoria de elecciones no las convocará un presidente surgido de una moción de censura, sino el presidente Sánchez. Esa posibilidad existe. Está vinculada al supuesto de que finalmente el Congreso rechazara los PGE. Sánchez ha declarado su confianza en que se aprobarán, aunque la opinión pública no vea aún despejado el camino, sino minado por las múltiples declaraciones de incompatibilidades; y no ha especulado sobre qué haría en caso contrario. Pero es convicción general, con sólido fundamento, que no le quedaría otra salida que convocar elecciones de modo inmediato o cuasi inmediato.

Si se produjera esa situación, Vox podría decir que el propósito de su moción de censura se habría hecho realidad. Se reiteraría como alternativa. Su posición de salida en la campaña de esas eventuales elecciones sería ventajosa, en tanto que solo Vox se habría atrevido a plantear su necesidad desde ya, no como un PP escapado a ninguna parte. Perder la votación de la moción de censura no habría sido su fracaso político, sino preludio de su éxito. En suma, parece que el tercer partido del Congreso sabe y hace lo que quiere.

El dilema que aprieta al PP

Lo que a día de hoy no está claro es qué quiere y qué hará el PP. De entrada, ante la moción de Vox, sus líderes solo han sabido quejarse; desde su anuncio dijeron que no iba contra Sánchez sino contra el PP. Por supuesto, Vox pretende atraerles a su estrategia, pero esto no equivale a que su moción sea contra el PP. Si eso fuera cierto, si creyeran en lo que dicen, lo habrían tenido muy fácil: anunciar de inmediato que votarán "no". No es lo que hicieron. Y no lo hicieron porque ese "no" implicaría tener que admitir que la tarea de la oposición ahora no es acabar con Sánchez, ni sumir a España en un nuevo proceso electoral de inciertos resultados. Y, como una cosa se entrelaza con otra, ese reconocimiento tendría que llevar a otro: que, como oposición, deben apostar por negociar los PGE. Como su apuesta no parece ser esta, sino la de multiplicar los problemas de gobernabilidad, se limitan a quejarse de que Sánchez no quiere negociar; si estuvieran convencidos de que ese es el obstáculo fundamental no les sería difícil derribarlo. Si Sánchez no llama, Casado ganaría si fuera él quien llamara. Recuerden, ya rechazó Casado incorporarse a las reuniones en Moncloa que podían conllevar participar en la elaboración del proyecto presupuestario. Veremos qué pasa este miércoles en la entrevista anunciada.

Sabemos que el PP no votará "sí" ni ante la moción, ni ante los PGE. Pero la cuestión no es esa, sino la de si se abstendrán o votarán "no" en cada caso. Si se abstiene en la moción, la lógica de su discurso tendrá que ser necesariamente seguidista de Vox, con el mensaje de que este Gobierno merece caer cuanto antes; pero que, dado que no se puede acabar con Sánchez y su Gobierno mediante los votos en una moción de censura, solo cabe apostar por la posibilidad de hacerle caer contribuyendo a que se rechacen en el Congreso los PGE. Callará que no le importa aunar sus votos, sin complejos, a todos los del nacionalindependentismo si estos, en bloque, siguieran en la ficción de la república catalana, como si la "independencia" fuera más importante que los PGE para la vida, la hacienda, los derechos y las libertades de la ciudadanía catalana.

En cambio, si el PP optara por votar "no" en la moción de censura, el discurso no podría ser seguidista de Vox; podría denunciar que Vox juega "al cuanto peor mejor" e, incluso, ante el electorado de ambos, que tal estrategia contribuye a reforzar al Gobierno. No le sería fácil, porque implica rectificaciones en su anterior discurso y porque, en paralelo, les sería más difícil argumentar un "no" a los PGE que conllevara la convocatoria de elecciones. Sin embargo, también parece claro que, si el PP se abre a la negociación de los PGE y pacta su abstención, la importancia de los demás grupos parlamentarios se equilibra con su representatividad; esto se puede concretar en varias líneas. Por ejemplo, en esta: aunque el nacionalindependentismo votara en bloque contra los PGE, no podrían impedir su aprobación, sus reivindicaciones ajenas a los programas y a las cifras de los PGE quedarían sin posibilidad alguna de prosperar. O en esta otra: Cs no sería el único representante de la derecha social y económica que quiere PGE (incluidos gobiernos autonómicos de alianza derechista) y no una reiteración electoral de inciertos resultados; en todo caso, fueran cuales fueran estos, estaríamos en una situación aún más grave que la ya seguramente ardua del otoño que se avecina.

En suma, el PP, en lugar de anular su influencia, se mostraría como el partido que, desde la oposición, contribuye a la gobernabilidad en lugar de embarcarse en una estrategia de derribar al Gobierno, que perjudica gravemente la respuesta a la crisis sanitaria y económica desencadenada por el covid-19. Quizás el PP sueña con recoger las nueces del árbol que menea Vox, al modo de aquel PNV de Arzallus, que especuló con los "meneos" de ETA contra la democracia y la vida de los españoles. Pero ese sueño especulativo es indecente: el covid mata y arruina más que el terrorismo. Pretender imponer como condición para negociar los PGE que Sánchez aparte del Gobierno a UP es parte de su especulación, escapismo ante la realidad al que le azuzan algunas declaraciones podemitas. Quizás también sueñe el PP que Sánchez gane por la mínima la aprobación de los PGE, pero sometido a condiciones inaceptables para la democracia española. En ese sueño, la labor de oposición que tendría por delante sería sencilla. Ese sueño no se hará realidad. Es más real la posibilidad de que los PGE se aprueben con el respaldo de PSOE, UP, Cs, PNV y otros. Así que el voto negativo del PP mostraría la inutilidad de su posición.

El PP se encuentra en 2020 ante un debate tan trascendental para su futuro y el de la democracia española como el PSOE lo tuvo en 2016. Y no lo está abordando. Sin resolverlo no puede ser el principal partido de la oposición, en influencia efectiva, aunque lo sea por número. Ni tampoco puede construir liderazgo en su propio partido. Su presidente Casado sigue desnortado y sin rumbo porque ha ido a anclarse en el pasado. Así lo muestra su declaración —tras el episodio "cayetano" que ha desvestido su liderazgo—: "No podemos formar parte de la gobernabilidad de Sánchez, porque somos la alternativa".

Hubo un tiempo, lejano políticamente, en el que, ante la ciudadanía y el electorado, el bipartidismo jugaba con la baza de que el PSOE y el PP eran en paralelo, respectiva y sucesivamente, el Gobierno de España y la alternativa al mismo. Supuestamente, la raya gobierno-oposición les enfrentaba, aunque se pactaran algunos temas importantes y otros no tanto. La apariencia por encima de la realidad. Hubo un tiempo en que no había covid-19. Ante esta realidad catastrófica, el juego de las apariencias y de los relatos, a destiempo o falsos, es letal. Hacer frente al covid y sus estragos es tarea principalmente del Gobierno de España y la decisión de su presidente, para conseguir los acuerdos necesarios, imprescindible (por esto se medirá su papel en la historia de este tiempo). Pero también desde la oposición se puede y se debe contribuir a la gobernabilidad, máxime si no hay alternativa de Gobierno y si la reiteración electoral solo agrava los asuntos decisivos de gobierno.

Con su "no es no" a Sánchez quisiera conseguir lo que este a la postre consiguió con el suyo a Rajoy : ganar la presidencia y convertir al PSOE, de nuevo, en el partido mayoritario. Paradójicamente, Casado tendría que hacer lo contrario. Para entender la paradoja hay que partir de entender que la actitud de Sánchez entonces (desde que anunció en la noche electoral del 20 de diciembre de 2015 que si Rajoy no ganaba la investidura él lo intentaría) era el certificado de defunción del bipartidismo, que anclaba al PSOE en el nuevo tiempo político, con horizonte de futuro. Pero Casado, en cambio, quiere seguir y sigue en el pasado, cómodo y feliz, de las apariencias del bipartidismo. Peor aún: sigue en la época pre-covid. Y esto le impide orientarse, orientar a su electorado y, a la postre, dirigir a su partido.

El entrelazamiento de la moción de censura (anunciada por Vox) y los PGE (cuyo proyecto ha de presentar el Gobierno) le ha creado una difícil situación porque le trae al presente y le baja a la realidad. Pero también le permite demostrar que el PP puede contribuir a la gobernabilidad, en la medida de su nivel de representación. Lo quiera o no lo quiera, eso hoy pasa por "formar parte de la gobernabilidad de Sánchez", que no es lo mismo que integrarse en su Gobierno sustituyendo a UP. Eso o seguir a Vox y perder el liderazgo político de la derecha y del centroderecha.

* José Sanroma Aldea es abogado y formó parte del equipo de expertos designados por el PSOE para elaborar la propuesta de reforma de la Constitución.

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