Francia: elecciones reveladoras
Opinión: Por Juan Antonio Fernández Cordón

Francia nos ofrece un ejemplo que debemos meditar. En primer lugar, nos muestra que el sueño de una gran alianza política para eternizar el modelo neoliberal no parece viable, más bien conduce al desorden social. Pero nos advierte de que eso no basta para que la izquierda gane elecciones.

05/07/2020 | https://economistasfrentealacrisis.com/
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El domingo pasado, 28 de junio, se celebraron en Francia unas anómalas elecciones municipales, la segunda vuelta correspondiente a una no menos anómala primera vuelta que tuvo lugar el 15 de marzo pasado, en plena pandemia. Anómala ha sido esta segunda vuelta sobre todo por un récord de abstención de 59%, cuatro puntos más que en la primera vuelta, en plena pandemia Pese a todo, estas elecciones arrojan unos resultados de gran importancia, que cambian en profundidad el panorama político en Francia.

El presidente Macron había ganado las elecciones presidenciales de 2017, con un altísimo porcentaje de votos (66%) y en las elecciones generales que siguieron en junio del mismo año, obtuvo una apabullante mayoría absoluta con 350 diputados de 577. Su partido, "La République en Marche!" (LRM), que se vendía como "lo nuevo", estaba en realidad formado sobre todo por partes desgajadas de la derecha moderada y otras desgajadas de la izquierda moderada. Macron había conseguido un grupo que, con naturalidad, se situaba en el centro, formado por los que compartían lo esencial de la visión neoliberal de la economía, dejando fuera a la derecha tradicional, aunque esta propugnaba básicamente la misma política económica y le ha servido de apoyo en múltiples ocasiones posteriores. A su izquierda subsistían una exigua fracción del Partido Socialista (PS), el ya diezmado Partido Comunista (PC) y la izquierda insumisa de Mélanchon (LFI), que no había conseguido despegar. En el otro extremo, campaba a sus anchas la extrema derecha, dirigida por Marine Le Pen, que había sumado 21,3% de los votos en la primera vuelta de las presidenciales y conseguido el pase a la segunda vuelta que disputó a Macron. Este esquema, constituido por un enorme bloque que podríamos llamar "centro gestor" y dos extremos cada uno con peso insuficiente para pretender gobernar a corto o medio plazo, culminaba y perfeccionaba lo que ya se venía gestando en otros países, sobre todo mediante alianzas entre los partidos socialistas que gobernaban o eran el primer partido de la oposición y algunos partidos de derecha. En España, ha habido repetidos intentos de constituir un bloque central mediante acuerdos entre el PSOE y Ciudadanos que, primero, no llegaron a cuajar por falta de apoyo parlamentario y después se esfumaron debido a la corta visión política del líder de Ciudadanos y a las interferencias generadas por el problema catalán. La posibilidad de un bloque de esta naturaleza sigue sin embargo presente, a pesar de que existe un gobierno de coalición entre PSOE y Unidas Podemos, como se está comprobando con las negociaciones para la aprobación de los presupuestos generales del Estado.

No es de extrañar que la victoria de Macron fuera saludada con mucha satisfacción por los poderes fácticos: la gran banca y las grandes empresas acogieron con alivio la perspectiva de un gobierno apoyado en una amplia mayoría que en ningún momento iba a cuestionar los dogmas neoliberales y pondría en marcha, como así fue, las políticas que aquí en España piden con insistencia los empresarios y las derechas: bajada de impuestos, contención del gasto público, flexibilidad laboral, recorte de las pensiones. Sin embargo, en Francia, el sueño neoliberal se ha enfrentado con la realidad social y lo que estaba destinado a ser un modelo exportable al resto del mundo se ha ido empantanando en contestaciones y revueltas que, a su vez, están sirviendo de modelo en el resto del mundo desarrollado.

Francia es un país de larga tradición democrática, donde siempre ha costado mucho introducir reformas neoliberales (recordemos, por ejemplo, la exitosa movilización general de 1995 para impedir la reforma de las pensiones que Alain Juppé, entonces primer ministro, pretendía introducir). No es imposible que lo que más se recuerde de la era Macron sean los chalecos amarillos. En todo caso, antes de las elecciones municipales, ya estaba claro que la experiencia Macron había fracasado en lo esencial y había revelado la desesperación de los que iban siendo dejados en la cuneta por un capitalismo inhumano.

Las elecciones municipales han ratificado el hundimiento del partido de Macron y han mostrado un gran avance de los ecologistas (EELV). Esto último es una buena y una mala noticia a la vez. Es una buena noticia porque muestra que la necesaria preocupación por los problemas medioambientales, climáticos y de la energía, se extiende entre la población. Pero es una mala noticia porque ese interés se canaliza a través de una formación política especializada, cuya única finalidad declarada es la ecología. Los votantes han preferido apoyar un partido que les ofrece un proyecto, aunque este se limite a una parte, por muy importante que sea, de lo que hoy nos debe preocupar. La izquierda, una vez más, se presenta fragmentada, sin una alternativa coherente y creíble. Así que nos encontramos, en el caso de Francia, pero extrapolable fácilmente al nuestro, con una situación en la que el modelo neoliberal ha mostrado sus límites. Ha mostrado hasta donde puede llegar sin alterar profundamente la convivencia, algo grave, tratándose de un sistema que no puede parar porque exige una acumulación sin límite.

Sin embargo, la izquierda sigue sin saber hilvanar un relato coherente de lo que ocurre, que no olvide los destrozos humanos que la desigualdad creciente está provocando, que designe claramente a los responsables, los que se enriquecen con el sufrimiento ajeno, y que explique que no es un problema moral, de buenos y malos, sino la forma en la que el capitalismo financiero funciona necesariamente. Parecemos constantemente dispuestos a admitir la inevitabilidad de las leyes económicas, que son, en realidad, las de la explotación de muchos por unos pocos. Estamos al borde de creer que la flexibilidad laboral, es decir la máxima explotación de los trabajadores, es necesaria para el buen funcionamiento de las empresas. Estamos prácticamente convencidos de que hay que recortar las pensiones, mientras los beneficios del capital aumentan escandalosamente. Nos resignamos a que los jóvenes no puedan permitirse una vivienda, porque así lo quiere el mercado. Hemos renunciado a lo que la socialdemocracia mostró que era efectivo social y económicamente: la concertación o las políticas de renta, por ejemplo. Por todo ello, las personas que rechazan el modelo neoliberal porque son sus victimas o simplemente porque intelectualmente les repele, acaban refugiándose en la abstención o votando a un partido que, aunque sea parcialmente, les ofrece un relato coherente de lo que ocurre y una alternativa de futuro creíble y deseable.

La transformación medioambiental es una tarea de primera magnitud, que los partidos de izquierda deben incluir en lugar preferente entre sus objetivos. Pero no se puede separar de otros cambios tanto del modelo productivo como del reparto de la riqueza que son, precisamente, una de las principales condiciones para una eficaz reversión de los estragos infligidos al planeta.

La pandemia ha venido a agudizar la crisis del sistema en que vivimos, dejando más al descubierto todavía las vergüenzas de este capitalismo. Ha sacado a la luz la necesidad de un eje de acción explícito en torno a la atención a las personas, considerada, en el caso de los viejos, como simple "oportunidad de negocio", con resultado de muertes. Ha revelado los angustiosos efectos de los recortes a la sanidad pública y su privatización. Nos ha enfrentado con la miseria de los que viven al día de un trabajo precario, muchos de los cuales han acabado haciendo cola para recibir alimentos: vuelve la caridad como complemento necesario de la explotación. Las medidas puestas en marcha por el gobierno de izquierda al que, por suerte para nosotros, le tocó lidiar con el virus, han permitido aliviar el impacto sobre los más desfavorecidos y han protegido nuestro futuro, evitando el desplome de muchas empresas. Lo público emerge como el recurso de última instancia, lo único capaz de enfrentar una crisis de esta naturaleza, contradiciendo el empecinado discurso que, desde la derecha, lo denigra y lo adelgaza, desde hace varias décadas, y que, desgraciadamente, una parte de la izquierda parece hacer suyo.

Francia nos ofrece un ejemplo que debemos meditar. En primer lugar, nos muestra que el sueño de una gran alianza política para eternizar el modelo neoliberal no parece viable, más bien conduce al desorden social. Pero nos advierte de que eso no basta para que la izquierda gane elecciones. La población necesita que se contrarreste la presión ideológica que presenta como naturales o científicas decisiones políticas que favorecen únicamente a los ya más favorecidos, como los recortes de gasto público, las bajadas de impuesto o la desprotección de los trabajadores. Que el discurso ideológico de la derecha, que inunda los medios y que avalan los "expertos", sea denunciado y sustituido por un análisis riguroso pero crítico. También necesita un proyecto para un futuro de más igualdad, en el que seamos capaces, ahora que somos más ricos que nunca, de cuidar con dignidad a las personas.

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