https://fundacionsistema.com/ | Por José Félix Tezanos | Director de Temas | lunes, 27 de julio de 2020

BORRASCAS DE OPINIÓN

Escucha el artículo


En las elecciones presidenciales norteamericanas de noviembre de 1992, en las que compitieron el veterano George H.W. Bush y el gobernador de Arkansas Bill Clinton, casi todo el mundo auguraba el...

En las elecciones

presidenciales norteamericanas de noviembre de 1992, en las que compitieron el veterano George H.W. Bush y el gobernador de Arkansas Bill Clinton, casi todo el mundo auguraba el triunfo del ex Director de la CIA y ex embajador en Moscú, George H.W. Bush, que aspiraba a su reelección después de un primer mandato jalonado por éxitos internacionales y un liderazgo consolidado. De aquella campaña electoral se recuerda especialmente la frase clintoniana: "¡Es la economía, estúpido!". El comentario ponía el acento en el asunto central que entonces suscitaba incertidumbres en la opinión pública. Asunto que no fue suficientemente tenido en cuenta por el candidato republicano, y que al final determinó la derrota poco esperada de Bush padre. Ahora también podríamos decir a ciertos líderes y partidos políticos poco sensibles a los datos sociales de la realidad: "¡Es la opinión pública, estúpidos!"


Nuevas realidadesz

La crisis del coronavirus, con su secuela de efectos en la economía y el empleo, ha precipitado importantes cambios críticos en nuestras sociedades. Por eso, estamos asistiendo –vamos a asistir– a transformaciones sustanciales en la opinión pública, que si no son entendidas por los partidos políticos y sus líderes van a causar sorpresas, y a tener efectos disruptivos en las sociedades más afectadas por tales torbellinos de cambios. Algunos analistas venimos insistiendo desde hace tiempo en las tensiones que están incubándose en muchas sociedades, debido a los desacoples entre la oferta de puestos de trabajo de calidad y las demandas y expectativas de personas cualificadas que, después de sus períodos formativos, aspiran a tener actividades laborales razonablemente remuneradas y concordantes con sus niveles de formación. Desacoples que están afectando masivamente a sucesivas cohortes de edad de las nuevas generaciones, dando lugar a un aumento de los sectores sociales excluidos y socialmente subposicionados. Tal situación está traduciéndose en el primer gran proceso de movilidad social interfamiliar descendente experimentado en el ciclo de las sociedades industriales, que está afectando a amplios sectores de clases medias, que en los últimos 100 o 150 años solo habían conocido –colectivamente– mejoras y una movilidad social interfamiliar ascendente. Hasta el punto de llegar a conformar expectativas institucionalizadas de movilidad social ascendente socialmente inducida. Es decir, un estado de opinión según el cual, si no mejorabas, se entendía que estabas empeorando, y si retrocedías eras no solamente un fracasado, sino un paria y un estigmatizado. El aumento del número de personas no bien integradas socio-laboralmente, y en regresión, se ha traducido en situaciones de distanciamiento crítico multidimensional que han generado una alta volatilidad electoral trufada de componentes de desafección (política, religiosa, cultural, institucional, etc.) y de un clima de "antipolítica", que ha sido estimulado por el amarillismo de buena parte de las estructuras de comunicación e información. Con efectos evidentes en los climas políticos de muchas sociedades, que tienden a situarse al borde de una crisis sistémica de los modelos políticos establecidos. Crisis de las asideras sociales básicas Tales cambios están teniendo lugar en momentos en los que en nuestras sociedades se vive también una crisis de las identidades y una pérdida de funcionalidad de las grandes asideras en las que muchas personas encontraban elementos de compensación y refuerzo personal y emocional. Esto es lo que sucede con el trabajo, como ámbito relacional y de referencia que te ubicaba en la sociedad y te atribuía ingresos, estatus, seguridad y roles reconocibles. Sin embargo, en nuestras sociedades cada vez "existen" menos trabajos y actividades estandarizadas que cumplan estas funciones. Lo mismo puede decirse de la familia primaria como ámbito cálido y seguro de pertenencia y de apoyo recíproco. Hay que tener en cuenta que las nuevas generaciones están José Félix Tezanos Director de Temas Borrascas de opinión Nº 307-308. JULIO-AGOSTO 2020 7 EL PULSO DE LA CALLE viviendo experiencias especialmente críticas, a caballo entre una vieja familia de origen, que todavía continúa siendo proveedora de múltiples apoyos a diferentes edades, y el descenso del número de nuevas familias que puedan cumplir una función integradora y de apoyo (asidera) multidimensional similar. En este sentido, hay que recordar que la tasa de nupcialidad en España actualmente es prácticamente la mitad que en los años setenta del siglo pasado. Entre otras razones porque cada vez más personas de las nuevas generaciones no cuentan con ingresos seguros y suficientes como para comprar una casa adecuada –o alquilarla– y emprender un proyecto vital, formando una familia y teniendo hijos. Lo que da lugar también a un descenso sustantivo de las tasas de natalidad. Junto a la erosión de estas dos grandes "asideras sociales", lo mismo ocurre con las creencias políticas y religiosas que habían estado más arraigadas en sociedades como las nuestras, en las que muchas personas encontraban ámbitos de identificación, ubicación, relación, interacción y sentido entre afines que tenían las mismas ideas religiosas o los mismos ideales y proyectos sindicales, políticos, filosóficos, etc. En contraste, los datos empíricos evidencian que en nuestras sociedades aumenta el descreimiento y la desconfianza en el valor inspirador, religador y ubicador de los ideales de carácter relacional. El resultado es que en muchos países, aunque hayan surgido referentes relacionales alternativos más microscópicos, más fragmentados, y menos cálidos, cada vez más personas se encuentran más aisladas, más carentes de referentes e ideales macroscópicos, y más desarraigadas, dando lugar a situaciones como de "flotabilidad social" y de carencia de vínculos arraigadores. Lo que explica tanto la volatilidad de los climas de opinión política y electoral, como los estallidos de contestación y de protesta –cada vez más violenta– en cuanto salta una chispa que enciende atmósferas tan inflamables.

Tormentas sociales y de opinión

La concurrencia de tantas y tan diversas tendencias de desestructuración social y referencial está desembocando en contextos sociales especialmente afectados por los temores e incertidumbres generadas por la actual pandemia. Pandemia que ha tenido efectos demoledores sobre algunas de las seguridades que se habían alcanzado, especialmente la confianza en que los avances de la ciencia y el desarrollo de los sistemas sanitarios nos habían vacunado contra los peligros de las enfermedades infecciosas. Confianza que ahora se ha venido abajo como un castillo de naipes, dando lugar, en este primer envite de la pandemia, a miedos, inseguridades, soledades, sensaciones de desprotección, incertidumbres ante el futuro, etc. Lo que está generando ciertos resentimientos por la pérdida súbita de sensaciones de seguridad, de cuya vulnerabilidad nadie había advertido, ni había previsto la necesidad de contar con recursos y reservas que nos protegieran de los desbordamientos sufridos. A lo que se unen inseguridades adicionales sobre el futuro de múltiples trabajos que anticipan problemas y regresiones en los niveles de

y actividades económicas, bienestar alcanzados, que costará mucho comprender y asumir. Amén del terrible dilema de si hay que optar por primar la protección de la salud antes que nada, o intentar mantener el ritmo de la funcionalidad económica establecida, a pesar de los riesgos de contagios. La consecuencia más inmediata y más visible de todos estos acontecimientos y tendencias son las tormentas de opinión pública, que están impactando especialmente en determinados países, debido a los climas políticos de polarización –y de agresividad crítica– que se han alimentado, a veces, como válvulas de escape ante tantos temores y frustraciones. Los líderes y partidos políticos que intentan instrumentalizar los miedos, las frustraciones y los resentimientos mediante tácticas orientadas a ganar apoyos de carácter emocional, con una dialéctica de odio y barricada, lo más probable es que acaben siendo víctimas de la misma escalada de visceralidades que utilizan para auparse en el poder. O para intentar recuperarlo por las puertas traseras del oportunismo, la descalificación y la destrucción de los adversarios. 8 TEMAS PARA EL DEBATE Lo que está ocurriendo en Estados Unidos y en Brasil, aunque no solo, es un ejemplo muy expresivo de cómo pueden evolucionar los vientos de la protesta y la indignación cuando se desencadenan vendavales de opinión en contextos de volatilidad y desestructuración social. Sobre todo, en sociedades en las que los problemas socio-económicos reales y los horizontes que se anticipan pueden acabar propiciando sentimientos de hostilidad, frustraciones y sensaciones de injusticia arraigadas en direcciones que algunos no son capaces de entender ni de prever. "¡Es la Opinión Pública, imbéciles!", habría que advertirles de nuevo. Cuando la opinión pública no discurre por cauces razonables, en sociedades armonizadas, con vivencias y oportunidades justas para la inmensa mayoría de la población, los líderes bravucones y agresivos deben entender que se encuentran ante situaciones que ya no podrán controlar ni manipular. Aquellos que traspasan la frontera de la injusticia social, de la agitación demagógica y de los desprecios a la opinión pública están franqueando el límite que marca la diferencia entre sociedades en las que existe una mayoría social integrada y satisfecha, con un sistema social en equilibrio, y aquellas otras sociedades en las que una parte importante de la población siente que no está siendo tratada de manera justa, y que las instituciones no velan por todos por igual, o no hacen lo posible para protegerlos y apoyarlos de la misma manera ante la enfermedad y ante las necesidades vitales básicas, ni aseguran empleos y/o ingresos razonables. Por lo tanto, cuando se traspasan tales límites ha de entenderse que se entra de lleno en los campos de la desinstitucionalización social y política, y se abre la puerta a los riesgos de la desafección y el colapso político. Las contestaciones airadas a Trump, a Bolsonaro y a otros extremistas del mismo tenor reflejan tales riesgos y ponen sobre aviso de peligros que pueden devenir en auténticos motines sociales, con acciones de violencia callejera y demostraciones hasta de furia iconoclasta que el desarrollo de los sistemas sanitarios nos habían vacunado contra los peligros de las enfermedades infecciosas. Confianza que ahora se ha venido abajo como un castillo de naipes, dando lugar, en este primer envite de la pandemia, a miedos, inseguridades, soledades, sensaciones de desprotección, incertidumbres ante el futuro, etc. Lo que está generando ciertos resentimientos por la pérdida súbita de sensaciones de seguridad, de cuya vulnerabilidad nadie había advertido, ni había previsto la necesidad de contar con recursos y reservas que nos protegieran de los desbordamientos sufridos. A lo que se unen inseguridades adicionales sobre el futuro de múltiples trabajos y actividades económicas, que anticipan problemas y regresiones en los niveles de bienestar alcanzados, que costará mucho comprender y asumir. Amén del terrible dilema de si hay que optar por primar la protección de la salud antes que nada, o intentar mantener el ritmo de la funcionalidad económica establecida, a pesar de los riesgos de contagios. La consecuencia más inmediata y más visible de todos estos acontecimientos y tendencias son las tormentas de opinión pública, que están impactando especialmente en determinados países, debido a los climas políticos de polarización –y de agresividad crítica– que se han alimentado, a veces, como válvulas de escape ante tantos temores y frustraciones. Los líderes y partidos políticos que intentan instrumentalizar los miedos, las frustraciones y los resentimientos mediante tácticas orientadas a ganar apoyos de carácter emocional, con una dialéctica de odio y barricada, lo más probable es que acaben siendo víctimas de la misma escalada de visceralidades que utilizan para auparse en el poder. O para intentar recuperarlo por las puertas traseras del oportunismo, la descalificación y la destrucción de los adversarios. recuerdan los peores momentos de la historia reciente, en los que también había muchas personas que no tenían nada, o casi nada, que perder. Estas reacciones demuestran que la Opinión Pública no se puede domeñar por la fuerza ni mantenerse bajo control con artimañas, ni con dicterios demagógicos, ni agitando odios y temores proyectados hacia otros sectores sociales y políticos. O, si queremos expresarlo de otra manera, no habrá futuros en paz en sociedades que carezcan de un sentido y propósito creíble de equidad y justicia social, que se pueda verificar en la práctica, con garantías y evidencias de una ejemplaridad colaborativa para el conjunto social.

Nuevos liderazgos y nueva política

En contextos como los que están perfilándose se necesitan nuevos liderazgos, nuevos talantes y nuevas políticas, que vayan acompañadas de un trabajo en común y de una disposición a los consensos básicos que muchos ciudadanos entienden que serán imprescindibles durante la etapa que se necesitará para salir de la crisis. Lo que requerirá entender –y asumir– las nuevas demandas sociales y políticas que plantea una opinión pública cada vez más sensibilizada y más formada, que no acepta ser engañada ni manipulada. Lo que va a exigir capacidad de diálogo y honestidad política para lograr que las contiendas electorales no se intenten sortear por vías colaterales viciadas, con artimañas, agresividades y desprecios sistémicos ante los legítimos procedimientos democráticos, como hacen aquellos que utilizan estrategias populistas e intimidatorias, empezando por los Trump y los Bolsonaro de turno. Con tales estrategias, lo único que se logrará es enconar más las situaciones, dificultar las posibilidades de entendimiento y promover tensiones encadenadas frente a la opinión pública, que conducirán más pronto que tarde a "borrascas" de opinión que alterarán la atmósfera de nuestros sistemas políticos y el propio clima general de convivencia. De la misma manera que algunas de las grandes corrientes del pensamiento político entendieron en su día que el buen funcionamiento de las sociedades exigía asumir el principio democrático de "todo para el pueblo y con el pueblo", con el consiguiente afianzamiento del sufragio universal y otros mecanismos políticos básicos, hoy es preciso que todos entiendan que ahora es inexcuscable trabajar con el criterio político de "todo con la Opinión Pública, nada sin la Opinión Pública".

TEMAS

REDES | SOCIALES


     Actualidad | Noticias actualidad
actualidad | opinión | debate | entrevistas


     Actualidad | Noticias actualidad
actualidad | opinión | debate | entrevistas


Volver arriba