Debate: La Generación perdida.

Yo, "viví" en la residencia.

27/06/20 | Por ella | R. Iglesias. Fallecí en la residencia.
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Yo, "viví" en la residencia.

Yo vivía en un tercer piso sin ascensor. Allí viví desde los 25 a los 88 años y no tuve problemas para subir y bajar esas escaleras día tras día ya fuese cargada con la compra o con las manos en los bolsillos. Ya fuese porque venía de pasear o por hacerlo de trabajar.
Me casé con un hombre 40 años mayor que yo.  En este piso fuimos felices hasta que murió 25 años después.
No tuve problemas para vivir en un tercer piso sin ascensor hasta que a los 75 años tuve un ataque al corazón y mi cuerpo empezó a resentirse.
No tuve hijos. Tenía sobrinos que vivían en una ciudad lejos de Madrid. Cuando tuve el problema de salud decidieron llevarme a una residencia del pueblo donde ellos vivían. No me pareció mal. Puede que fuese como consecuencia del miedo producido por el problema de salud que me había asustado porque jamás había padecido enfermedad alguna.
Cerré mi piso –ese tercero al que tantas veces había subido y en el que tan feliz fui - y partí hacia la residencia de aquel pueblo.
La residencia era luminosa y limpia. Yo estaba ágil, no tenía secuelas tras la enfermedad y salía a pasear y tomar un café e –incluso- algunos días iba a ver a mis sobrinos.  La tranquilidad duró poco. Pronto empecé a sentirme incomoda porque era bastante más joven que la mayoría de los residentes, me aburría y me di cuenta de que la situación de mis sobrinos no era buena y yo no era bienvenida en su casa.
A esta incomodidad se vino a sumar que un día me llamo una vecina de mi casa de Madrid y me dijo “¿así que vas a vender el piso?”. Por esa conversación descubrí que mis sobrinos estaban intentando vender el piso, aunque a mí todavía no me lo habían dicho. Parece que estuviese esperando una disculpa para tomar una decisión y esa me vino de perlas. Hice la maleta y tomé un autobús de vuelta a mi casa de Madrid.
Cuando subí a aquel tercer piso sin ascensor y abrí la puerta de mi casa lloré todas las lágrimas que había tragado durante los seis meses de residencia.
Limpié mi casa, repuse cosas que faltaban y comencé a hacer la vida que había hecho antes de la enfermedad. Mi cuerpo estaba bien y mi cabeza también.
Recuperé las relaciones especialmente a una sobrina de mi marido que era de mi misma edad y que vivía cerca de casa. Únicamente su familia cuidó de mí hasta el día de mi muerte. Les llamaba “mis sobrinos”. Aunque no lo eran así los presentaba y se presentaban para no tener que dar más explicaciones para mis ingresos hospitalarios o cualquier otra gestión. Mis sobrinos de sangre estaban en su ciudad y no vinieron a visitarme más que cuando ya estaba muerta.
Los años fueron pasando sin muchos altibajos y a los 85 empecé a tener problemas respiratorios que, cada vez con más frecuencia, me llevaban al hospital por varios días hasta que me recuperaba. Los “sobrinos”  –los que no eran sobrinos de verdad- eran quien me llevaba al hospital, cuando no lo hacía directamente la ambulancia, me visitaban y los que se encargaron de gestionar la Tele Asistencia y el Servicio de Ayuda a Domicilio. 
La salud se fue complicando. Al ahogo se sumó un miedo cerval a no poder respirar y raro era el día que antes de las 8 de la mañana no llamaba a los “sobrinos” para decirles que no podía respirar. Venían corriendo y muchas veces el ahogo se pasaba enseguida. Otras acabábamos en el hospital.
En el hospital repetidamente nos decían que no podía seguir viviendo sola y que teníamos que buscar una solución.
Mis “sobrinos” no podían tomar una decisión porque no eran mi familia y porque mi cabeza estaba perfectamente. Ellos me aconsejaban qué hacer y siempre se decantaban porque buscase una trabajadora interna para que viviese conmigo y me atendiese. Yo me resistía a esta solución por algún perjuicio de muchas mujeres de mi generación que no queremos que en nuestra casa entre alguien a vivir.
Así que, en vista de que mi salud estaba empeorando a marchas forzadas, opté por buscar una residencia antes de pasar a ser una persona dependiente. Mis “sobrinos” se pusieron a ello. Ellos pensaban en un sitio tranquilo cerca de la ciudad y con jardín. Yo, que era quien decidía, les dije que quería una residencia en Madrid y lo más cerca del barrio que fuese posible porque quería poder venir al barrio a la peluquería, a ver a las amistades y para que estas pudiesen ir a visitarme.
Al fin encontramos lo que quería. Y allí me fui. Bueno no es lo que quería porque lo que de verdad quería era quedarme en mi casa aunque eso no era posible porque no quería una mujer interna y vivía en un tercero sin ascensor.
La vida nunca volvió a ser igual. Aunque la residencia era buena y el personal me atendía bien, la triste realidad es que estaba en un lugar que no era un hogar. Era un aparcadero de ancianos.
Cuando llegué me manejaba sola con un bastón.
Me pusieron en una habitación con otra residente. Por supuesto sin tener en cuenta afinidades, edades, enfermedades, ni nada que pudiese hacer agradable la convivencia. Yo vivía sola desde que, hace 25 años, murió mi marido y no me encontraba bien compartiendo habitación. Pronto quedó una habitación independiente. Con la edad de los residentes hay muertes con frecuencia y corren las listas de espera con rapidez.  Me la adjudicaron previo pago y respetando el orden en la lista de solicitudes.
Me cambiaron de mi  Centro de Salud de siempre a otro más cercano a la residencia. Desaparecieron los médicos con los que había estado relacionándome durante años y me pasaron a otros a los que nunca vi y que lo único que hacían por mí era firmar las recetas que les pedían desde la administración de la residencia.
La trabajadora social se empeñó en que tenía que hacer manualidades. A mí, que estaba cansada de trabajar años cosiendo, ahora pretendían que lo hiciese para perder el tiempo. No me apetecía hacer esas cosas.
Se empeñaron en no dejarme estar en la habitación el tiempo que quisiera. La alternativa era  estar todo el día en un salón.
La vida transcurría con la siguiente rutina:
Levantarse y aseo. Desayuno a una hora fija. Después manualidades y quien no quería iba a una sala de estar. Allí pasaba toda la mañana con otros residentes algunos de los cuales lloraban, reían, cantaban, o hacían cualquier cosa dentro de las condiciones de salud mental o física en la que estaban. A las 12 un vaso de zumo. Entre una y dos horas después, la comida y a continuación la siesta. Después las visitas, si las tenías, otro vaso de zumo y entre las 8 y las 9 la cena. Acto seguido a la cama.
Cuando me manejaba con el bastón las cosas podían ser un poco mejores porque me daba un paseo por los pasillos, salía a la puerta de la calle, después del desayuno y en la siesta iba un rato al dormitorio. Pero a los pocos meses la falta de movilidad se fue apoderando de mí  y cada vez me costaba más moverme con el bastón. Para evitar caídas tomaron la decisión de moverme en silla de ruedas. Es lo que hacen con todos los residentes para evitar accidentes y porque para los trabajadores es mucho más sencillo y, sobre todo más rápido, llevarnos en sillas de ruedas que andando.
Cuando te ponen en la silla de ruedas estás condenada. Se acabó cualquier capacidad de decisión. Ya no te puedes mover para nada sin contar con una de las escasas personas del servicio de la residencia. La silla de ruedas conlleva que te pongan pañal por mucho que protestes y digas que controlas tus fluidos. Para ellos no es un problema de si controlas o no sino de que serán los trabajadores quien te llevarán al váter y lo harán cuando puedan y no cuando tú lo necesites.
Se acabó cualquier atisbo de intimidad. Se acabó cualquier deseo de autonomía personal. Se acabó cualquier parecido con tu vida. Vives como otros quieren que lo hagas.
Así pasan los días. Porque si la salud empeora puedes estar encamado. No sé si es peor estar en la silla de ruedas o encamado. La única diferencia es que en la cama estás en horizontal y no tienes que estar todo el día en el salón escuchando la televisión a todo volumen y las quejas o las risas de los demás residentes.
No, no se trata de que las residencias sean buenas o malas. No se trata de que sean privadas o públicas. No se trata de que el personal sea profesional o no lo sea. No se trata de haya un trato más o menos humano. No se trata de que el personal sea más o menos cariñoso.
Se trata del sistema. El sistema es perverso. Y no tiene remedio, que nadie se engañe. Una residencia de ancianos no es un hotel. Tampoco es un geriátrico. Es un lugar donde dejar a los viejos cuando no pueden hacer las tareas de casa y vivir por sí mismo. Es un lugar triste donde la gente sabe que va porque no sirve para nada. Sabe que va para morir.
Hasta hace unos años esos viejos han sido los cuidadores de su familia, de sus hijos, de sus nietos. Ahora necesitan que cuiden de ellos y su familia no lo puede hacer. El modelo de familia y el modelo de vivienda no son los mejores para que esos viejos tengan cabida en las vidas de sus hijos más que para hacerles alguna visita y alguna llamada, no para compartir la vivienda.
No trato de juzgar los motivos individuales que puede tener cada familia para llevar a sus viejos a una residencia. Pueden ser de diferente naturaleza: afectiva, de espacio, de estatus, etc. Menos cuando la familia son sobrinos que -en mi caso- solo vinieron al entierro.
Si trato de juzgar a la sociedad que desprecia a los viejos y eso se ha metido hasta los tuétanos en las familias. Si la sociedad considerase a los viejos como un bien a tener en cuenta por su experiencia, sus vivencias, su aportación al desarrollo, las familias les harían un hueco importante en sus vidas. Si la sociedad respetase a los viejos las familias les respetarían. La sociedad –globalmente- les desprecia, les considera un estorbo. Y los gobiernos no son un ejemplo en lo que al respeto a los mayores se refiere. Este desprecio y falta de consideración social y de los gobiernos tiene su fiel reflejo en la consideración de los entornos familiares hacia los viejos.
Las residencias son un mal necesario. Pero un mal.
Si alguien piensa que la decisión de ir a una residencia se toma de forma libre, está muy equivocado. En los casos en que esa decisión la toma el propio viejo, lo hace por “no ser un estorbo para la familia”. Pero en muchos casos la decisión no la toma el viejo que será residente sino que alguien la toma por él. Por supuesto que lo hace por su bien, para que esté cuidado, para que esté protegido, para que no esté solo. Por todos los buenismos que queramos pensar de esos hijos, nietos, sobrinos, hermanos, que de puro  buenos quieren lo mejor para sus viejos. Lo mejor pero lejos que yo no tengo tiempo.
Los viejos lo que queremos es vivir y morir en casa, dando la lata a la familia, llamándoles cada día para contar lo que nos duele, lo mal que nos ha limpiado la casa, que en el Centro de Salud no nos han hecho caso. Lo que queremos es tener a su familia pendiente y a ser posible cerca.
No os engañéis. Vuestros viejos no queremos que nos llevéis a la residencia. Sabemos que la solución no puede ser que nos llevéis a vivir con vosotros. La vida es muy complicada y la convivencia con un viejo, más. 
Opino que la solución mejor es que seguir en casa y morir en ella. Y la familia lo que tiene que hacer es convencer a sus viejos  para que se queden en su casa teniendo una persona que ayude. Por horas o a tiempo completo será más barato que la residencia y el viejo estará en el lugar de su vida, donde tiene sus recuerdos, sus ilusiones y sus desengaños. No perderá sus referentes.
Para que los viejos sigan en su casa hasta la muerte también se deben aplicar ayudas con dinero público lo mismo que se hace para pagar parte de las plazas de residencia de personas que no tienen suficientes recursos.
Y, por cierto, lo de medicalizar las residencias es una solemne tontería. Los viejos que viven en residencias cuando están enfermos tienen que ir a los hospitales. A ver si las residencias a ser almacén de viejos van a sumar ser morgues.
Viejo, hazme caso. Quédate en casa, no vayas a la residencia. Busca una solución en tu casa, si es posible con el apoyo de tu familia. Ahora les toca a ellos ayudar. Hay soluciones más baratas y más amables que la residencia.
Junio 2020
R. Iglesias. Fallecí en la residencia.

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