Temas | Revista Temas | jueves, 05 de marzo de 2020

Las desigualdades
de la vida cotidiana

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En las últimas décadas se está produciendo una precarización de la vida de muchos ciudadanos. Primero se ha ido deteriorando el contrato social para posteriormente romperse de facto, por parte de una minoría dirigente, que no se siente vinculada a dicho contrato social. Minoría que ha aprovechado las circunstancias de la globalización para concentrar cada vez más dinero y poder en pocas manos. En este contexto, la maquinaria cultural e ideológica neoliberal que sustenta la situación actual ha intentado que la población interiorice las desigualdades en su vida cotidiana como algo inevitable. En lugar de combatir la desigualdad, se la intenta perpetuar como si fuera un fracaso individual, y no una consecuencia de un modelo de sociedad desigualitario.

Cuatro son las observaciones que se derivan de la actual situación social. La primera es que las desigualdades cotidianas que sufren millones de personas en países como España están llevando a que muchos ciudadanos padezcan determinadas carencias vitales, en cuanto carencias pueden suponer una violación de los derechos humanos, causando sufrimiento y dolor. Pero, sobre todo, impiden que aquellos que padecen tantas carencias básicas logren un desarrollo humano y vital pleno. A la vez que merman las posibilidades de crecimiento económico de la sociedad, ya que las sociedades más igualitarias son más eficientes económicamente

En España, el riesgo de pobreza o exclusión social se sitúa en el 26,1 por ciento de la población. El 10,4 por ciento de los hogares llega a fin de mes con muchas dificultades. El 36 por ciento de los hogares no tiene capacidad para afrontar gastos imprevistos. El 46 por ciento de las personas con pocos recursos destinan más del 40 por ciento de sus ingresos a hacer frente al pago del alquiler. El desempleo afecta a 3.214.400 personas, y de ellas 1.391.800 son parados de larga duración. El 8,5 por ciento de la población presenta algún tipo de discapacidad, que en muchos casos afecta de manera grave a sus condiciones de vida. Cien mil españoles, por ejemplo, no pueden salir nunca de casa por problemas de accesibilidad en sus viviendas.

La educación es uno de los factores claves para salir de la pobreza y de la exclusión social. Es uno de los principales ascensores sociales. Pues bien, España es uno de los países europeos que tiene la tasa de abandono escolar prematura más alta. Y las familias con menos recursos son las más afectadas. Se calcula que el abandono escolar entre los hogares en situación de pobreza es un 25 por ciento mayor que en los de nivel socioeconómico alto. Es decir, el fracaso y el abandono escolar van por barrios.

Las desigualdades cotidianas afectan en mayor grado a las mujeres, que ven como el reparto de las tareas en el hogar y en el entorno familiar restan posibilidades y oportunidades. El tiempo es poder, y a partir de ahí sufren desigualdades de acceso a múltiples espacios que van desde la formación hasta el empleo. Pero, también se trata de desigualdades que tienen que ver con la influencia que pretende tener la religión en el espacio público.

estas realidades cotidianas suponen graves desigualdades que se ven incrementadas dependiendo del lugar en el que se viva.

Los factores geográficos y territoriales son fundamentales tanto en el análisis de las desigualdades, como a la hora de poner en marcha políticas que contribuyan a la igualdad. Como ha señalado el relator de la ONU, que recientemente ha visitado España para evaluar las desigualdades, la pobreza y la precariedad están integradas en el sistema, en una España que ha invertido significativamente menos que otros países europeos en discapacidad, políticas de familia y vivienda. Y donde, además, la burocratización del sistema de protección social es una causa importante de exclusión, debido a los requisitos excesivos de documentos que son un obstáculo para el apoyo social.

La segunda observación es que las desigualdades son una construcción humana, fruto de un modelo social desigualitario que ha dado lugar, desde la década de 1980, a un capitalismo financiero globalizado, donde la riqueza y el poder se concentran cada vez más en pocas manos, mientras las desigualdades afectan a cada vez más personas. El resultado, es una ruptura del contrato social y una mayor polarización política, que lleva a que algunos planteen un cuestionamiento de la democracia y sus representantes; con un insuficiente desarrollo democrático en algunos espacios de la sociedad; y retrocesos sociales en asuntos que la ciudadanía consideraba que eran derechos ya conquistados.

La tercera observación es que la situación actual supone una regresión en el desarrollo del concepto de ciudadanía, y un freno a la hora de ampliar los espacios de libertad, bienestar y seguridad. Regresión que solo se podrá superar mediante un proceso de redefinición y mejora de la democracia.

En las últimas décadas, se ha impuesto una concepción falaz de la democracia, que presupone que la actividad gubernamental y las instituciones son la única esfera de ejercicio de la democrática. Esta concepción debe ser superada, avanzando hacia una democracia que se encuentre en todos los espacios de la sociedad, porque las ideas de democracia, libertad, igualdad y participación son indivisibles. La crisis de la ciudadanía social como consecuencia de las políticas neoliberales,

ha hecho aumentar el impacto de las desigualdades económicas y ha provocado que éstas también afecten negativamente a lo que Marshall denominó la ciudadanía civil (derechos necesarios para la libertad individual) y a la ciudadanía política. En las últimas décadas, se ha impuesto una concepción falaz de la democracia, que presupone que la actividad gubernamental y las instituciones son la única esfera de ejercicio de la democrática. Esta concepción debe ser superada, avanzando hacia una democracia que se encuentre en todos los espacios de la sociedad, porque las ideas de democracia, libertad, igualdad y participación son indivisibles. La crisis de la ciudadanía social como consecuencia de las políticas neoliberales, ha hecho

aumentar el impacto de las desigualdades económicas y ha provocado que éstas también afecten negativamente a lo que Marshall denominó la ciudadanía civil (derechos necesarios para la libertad individual) y a la ciudadanía política

(derecho a participar en el ejercicio del poder político como elector o como elegido)

Por estos motivos, es necesario apostar por el desarrollo de una ciudadanía plena e indivisible en todos los espacios de la sociedad, con una ciudadanía económica, entendida como el reflejo de una nueva etapa de avance democrático y de un nuevo modelo de contrato social que supere los riesgos de exclusión y precarización que sufren amplios sectores de la población. Y que mediante

Las desigualdades en la vida cotidiana que se están acentuando en nuestros días en sociedades como la española no son naturales ni inevitables, sino que son construcciones sociales derivadas de modelos económicos y políticos que propician la desigualdad en múltiples planos de la sociedad, que podemos –y debemos– rectificar

intervenciones públicas en diversos niveles y ámbitos haga realidad una ciudadanía igual en derechos y oportunidades, en los planos políticos y socioeconómicos concretos, para todas las personas.

La cuarta observación implica entender que la creciente desigualdad no es inevitable, porque es una construcción política. Se trata de desigualdades que pueden y deben superarse mediante la acción política y la presión ciudadana, con políticas públicas encaminadas a una mayor equidad. Muchas deberán tener un tratamiento global. Pero mientras llegan, desde el ámbito nacional, autonómico y local hay que desarrollar políticas concretas que mejoren las condiciones de igualdad en la vida diaria.

Un elemento esencial para aumentar la igualdad y evitar la concentración excesiva de la riqueza en pocas manos, es avanzar hacia un sistema tributario justo, inspirado en los principios de igualdad y progresividad, sin tener un alcance confiscatorio. Con una fiscalidad basada en un impuesto progresivo sobre la renta, un impuesto progresivo de sucesiones y donaciones, y un impuesto progresivo sobre la propiedad. Impuestos que deben ser lo más sencillos posibles, orientados a una reducción significativa de las desigualdades de renta y de riqueza.

En definitiva, para promover la igualdad de acceso a las oportunidades y reducir las desigualdades en cada país es preciso un replanteamiento de estrategias, en el marco de un nuevo contrato social, que solo será posible mediante una mejor redefinición y una ampliación de los espacios de la democracia.
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