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   jueves, 28 de enero de 2019

Por Álvaro Frutos | EL 28-A NO CABE LAMENTO ANDALUZ | https://www.fundacionsistema.com- 21/02/19

Por Álvaro Frutos

Decir que estas pueden ser las elecciones más importantes de la democracia es un tópico. Todas las elecciones tienen, o deberían tener, importancia y en cada una influye un contexto determinado: clima político del país, internacional, economía, etc. Aunque en el momento de la votación tiende a tener más importancia el componente emocional, en el que se envuelve el momento del voto, la racionalidad y la prospectiva no se aplican a la hora de decidir quién queremos que nos gobierne.

En España, las elecciones del 28 de abril, traen un elemento de subsistencia para las diferentes fuerzas políticas que concurren al proceso. Los partidos y sus líderes han puesto todas sus fichas en el rojo o en el negro. Algunos pueden quedar fuera de la partida. Lo sucedido en los últimos años hace que se vuelva a contemplar como positivo que haya un ganador claro. Los teóricos de la maldad del bipartidismo ya no engañan a nadie, estamos ante un juego de sustitución y no de complementariedad. Y la inestabilidad no creo que tenga defensores. La consigna que suena en los estados mayores de los partidos es: ¡Victoria o muerte!

Desdramatizar la cuestión resulta un imposible. La esperanza hay que situarla en que el proceso electoral valga para algo en términos de ciudadanía. Ello pasaría por ajustar los discursos a lo que realmente está pasando, abandonar la hipérbole permanente y el furor sicalíptico en los escenarios de campaña. ¡Otro imposible! Sin embargo, campaña al margen, los problemas que tenemos en el panorama español ni son menores ni son de fácil resolución.

Cada uno de los partidos tiene claras misiones que cumplir y un error estratégico les puede dejar fuera. Casado ha heredado un legado no envidiable, por eso le han dejado a él que no parece el más listo de la clase. Cómo conseguir que un PP, que sigue totalmente enfangado en el banquillo de la corrupción política, parezca blanco inmaculado y vuelva a ser creíble para los votantes de derechas. Eso mientras todos los días suenan las sirenas de cómo España ha sido un botín y una película de trama negra durante su gobierno. ¡Si se habla de tribunales que sean los del Proces!, de los independentistas que animaron a los simplones de los catalanes a decir "España nos roba". Ellos si han hecho, del robo real a España, una razón de su existencia, olvidarlo ahora es de idiotas. No recordarlo en el momento de votar una inmoralidad, patriótica pero inmoral. En la España plural hay gente para todo.

Ciudadanos, de poder ser una pieza esencial de estabilización del sistema, ha pasado a ser un grupo al servicio del proyecto personal de una persona. En estos momento es imposible discernir qué y a quién representa: ¿lo mismo que el PP?; ¿es un VOX menos asilvestrado? Está claro que no es partido para el consenso y el pacto en un proceso de renovación del contrato social que se está necesitando. Hoy por hoy ni levantan la voz poniendo distancia con la derecha reaccionaria. Puede sustituir al PP, como la franquista Alianza Popular sustituyó a UCD en el 82, o a lo mejor solo son una naranja a punto de ser desgajada. En todo caso los antiguos votantes socialistas que un día vieron en Ciudadanos una alternativa tendrán que estar atentos al eco de lo que dice Rivera, no sólo por el errático recorrido ideológico que lleva, sino porque en la cuestión catalana cada día muestra más predisposición a sacar las tanquetas a la calle. No es una broma, no ofrece solución alguna. No hay ni una experiencia histórica que demuestre que la gestión de una crisis territorial se resuelve con presidio y represión. Insisto, otra cosa no ha ofrecido.

Es por ello que la izquierda, la socialista y la otra, y sobre todo, ya en estos momentos, sus electores tienen que respirar profundo y dejar el papel de fumar en la mesilla de noche. A los ciudadanos progresistas no les queda más que recuperar un impulso que muchos de ellos generacionalmente desconocen, pues no habían nacido, y otros lo tienen olvidado, pues todo en esta vida tiende a languidecer con el tiempo. Me estoy refiriendo al que motivo los resultados de las elecciones de 1982.

Lo más importante de un también 28, aquel de un octubre otoñal, fue permitir al Partido Socialista construir, en su entorno, una mayoría social con la cual poder acometer los grandes cambios estructurales que España necesitaba en aquel momento. Esos que algunos añoran con nostalgia.

En aquellas elecciones, el PSOE supo transmitir a la mayoría de la sociedad española, una necesidad sentida de profundo cambio social. Todos aquellos votantes no eran ideológicamente socialistas, ni mucho menos. El porcentaje que como tal se definía era muy pequeño, ni sabía diferenciar entre socialismo, socialdemocracia o comunismo (en su versión euro del momento). La situación económica del país era muy mala, sin paragón posible con la actual, una crisis económica donde no había estado de bienestar que sujetará nada. Un año y medio atrás había habido un intento de golpe de estado de los de verdad, con sus tanques, y soldaditos con fusiles al hombro. Hoy todo eso queda muy lejano. Sólo es comparable el miedo que, sobre la izquierda, creaban algunos medios de comunicación y con términos similares a los de hoy: hundirán la economía, romperán España, acabarán con la familia, bla, bla,Es triste que una parte de España viva en la constante deslegitimación de la otra.

La izquierda no puede recuperar mutatis mutandi el discurso de antaño. Los tiempos son distintos, las circunstancias también y las personas igualmente…incluso los problemas a los que hacer frente y las formas lo son. Pero la izquierda, sus electores, deben esforzarse como se hizo entonces, por no dispersar su voto. Comprender que hay momentos que solo mayorías sociales sólidas convertidas en votos cambian un país; transmitir a la ciudadanía, uno a uno, que hay momentos en que la elección no puede verse como un proceso de caída fortuito de la pelota en un lado u otro de la red. Existen demasiadas incógnitas que despejar en la ecuación española como para dejar todo a la política y los políticos. Evidentemente estos procesos de convicción requieren poner mucha ilusión en ellos, no miedo. El miedo a que gobierne la izquierda, lo dejamos atrás hace años, décadas, en el 82. En 2019 el sentido de la participación política es otro. La penetración y capacidades de movilización de los partidos prácticamente no existen, los sindicatos han perdido su fuerza política, en las redes sociales se grita o se insulta, no se razona, los mítines sirven para convencer a convencidos y los medios de comunicación no ganan fama por su independencia e imparcialidad.

Todo esto nos lleva a una conclusión, que por voluntarista no es irreal: no queda otra que de manera urgente, cada cual tome conciencia y asuma el compromiso de querer que España mire para adelante. Un compromiso personal. Hay elecciones donde lo que finalmente pase, puede parecernos indiferente, esta vez no. Lo que no vale luego es el ya famoso lamento andaluz.

EL 28-A NO CABE LAMENTO ANDALUZ  
  
POR ÁLVARO FRUTOS

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